martes, 10 de diciembre de 2013

REFLEXIONES EN PROSA -> DICIEMBRE DE 2013 - VOL. II

Nunca me gustó destacar. Yo era el “típico” chico al que le gustaba sentarse en los últimos pupitres. Prefería que la profesora no dijera mi nombre, que no supiera ni que estaba allí.

Miraba con cierta incredulidad, admiración y envidia (sana o no sana, yo no sé de eso) al chico/chica que tenía ganas de hacer “mates” o “natus”. ¿Cómo podía ser? ¡A mí no me gustaba nada! ¿La Educación Física? Bueno, sí, pero depende del día… Digamos que no era un portento del deporte. ¿La Música? No, nunca me gustó tocar la flauta. De hecho, alguna vez, al acabar la clase, y saber que no me tocaba examinarme, debía rozar la máxima felicidad. La próxima semana quedaba lejos. ¿La Plástica? Sí, estaba bien, pero no daba saltos de alegría cuando me daba cuenta de que llevaba tres o cuatro (por no decir cinco o seis) láminas atrasadas (sí, como las prácticas en la universidad…).

Reconozco que me encantaba ver/escuchar las peleas entre compañeros, entre amigos. Sí, siempre que fueran de buen rollo (bueno, más o menos…). Alguno tenía mucho arte para acordarse de la madre de su amigo. Las peleas “de chicas” solían ser otra cosa. Ahí había, creo yo, más maldad y ganas de hacer daño. Yo no me peleaba mucho. Digamos que no destacaba ni en eso.

Siempre sentí cierta complicidad con la gente. Cuando alguien reía, yo me sentía bien. Cuando veía a alguien triste, quería decirle algo que le hiciese sentir bien (siempre me vi muy capaz de ayudar)... pero no decía nada.

¿Chicas? Nunca entendí de eso... Para mí eran seres extraños. No sé, quizá tenía suficientes en mi vida. Convivir con tres hermanas, tienes sus cosas... Pero luego, al llegar a la universidad y empezar a salir con chicas de forma más o menos seria, me di cuenta de cuanto me había perdido...

No, no hablaba mucho, pero me reía por casi todo. Podía pasarme una mañana riéndome de alguna chorrada dicha seis o siete (incluso quizá ocho) pupitres más allá.

No, tampoco era un buen estudiante, pero solía aprobar. Decían que era inteligente, pero muy vago. ¿Vago yo? Bah, no lo creo… Yo no tenía culpa de distraerme y aburrirme estudiando o haciendo deberes.

¿Cambiaría mi infancia? No, quizá ahora no sería feliz.


---Alberto PM--- Bellaterra/Barcelona, 9/Dic/2013

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